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ANSIEDAD EN LA INFANCIA: ¿MIEDO EVOLUTIVO O PATOLÓGICO?

Los trastornos de ansiedad son caso habituales en la intervención clínica con adultos, lo que nos ha permitido tener al alcance multitud de investigaciones y bibliografía sobre el tema. Sin embargo, en el área infantil, la situación varía.

A pesar de las consideraciones sobre la problemática asociada a trastornos de ansiedad en la infancia, pero prestando atención a las repercusiones que los mismos tienen en los niños, resulta necesario tener una perspectiva evolutiva, puesto que se tiende a generalizar y normalizar el uso de la etiqueta “ansiedad” y, sin embargo, existen similitudes y diferencias a tener en cuenta respecto al concepto de miedo y su evolución.

Los miedos forman parte del desarrollo normal del niño, son transitorios, están asociados a etapas evolutivas y tienen un gran valor adaptativo.

Por otro lado, se podría decir que la ansiedad sólo es miedo cuando está asociado a estímulos específicos. Sin la presencia de éstos, el organismo no presentaría respuestas de miedo o ansiedad.

La mayoría de los niños experimentan muchos temores leves a lo largo de la infancia y suelen ser transitorios y asociados a una determinada edad, superándolos espontáneamente durante su desarrollo. Algunos de ellos pueden ser:

Bebés:

  • 0-6 meses: pérdida súbita de la base de sustentación (del soporte) y ruidos fuertes.
  • 7-12 meses: a las personas extrañas, puesto que es momento de desarrollar el vínculo de apego; y a objetos que surgen por sorpresa.

Niñez temprana:

  • 1 año: separación de los padres, retretes, al hacerse heridas, a las personas desconocidas.
  • 2 años: ruidos fuertes, animales, oscuridad, separación de los padres, objetos o máquinas grandes y cambios en el contexto personal.
  • 3 años: máscaras, oscuridad, animales, separación de los padres.
  • 4 años: animales oscuridad, ruidos nocturnos, separación.
  • 5 años: animales, separación, oscuridad, gente “mala”, lesiones físicas.

Niñez media:

  • 6 años: seres imaginarios, lesiones corporales, tormentas, dormir o estar solos, preocupación por lo que piensan los demás de ellos.
  • 7-8 años: temores al daño corporal y al ridículo, cuando se dan casos de habilidades escolares o deportivas.
  • 9-12 años: a las catástrofes, accidentes, enfermedades, miedo emocionales como vivir conflictos entre los padres, violencia en la familia, etc.

Los miedos nombrados anteriormente son frecuentes y afectan al 40-45% de los niños, son normales y aparecen sin razón aparente, sujetos a un ciclo evolutivo natural y que desaparecen con el tiempo.

En estos casos, es importante ofrecer seguridad a los niños, y fomentar la autonomía y toma de decisiones para enfrentar estos pequeños conflictos, que para ellos pueden suponer alteraciones en sus rutinas diarias. Siempre desde la calma, entendiendo como adultos que igual que vinieron se irán y mostrando comprensión y empatía hacia el niño.

No obstante, existen signos de alarma que pueden facilitar la diferenciación, y que debemos tener en cuenta para solicitar valoración por un especialista. Serían, por ejemplo, los siguientes:

En la infancia 0-2 años:

  • Resistencia excesiva al ser separado de figuras de apego.
  • Nerviosismo y miedo excesivos.
  • Cambios frecuentes en el llanto, humor y alimentación.
  • Comportamiento apático, taciturno, aislado, inestable y berrinches.

En la niñez 3-5 años:

  • Tristeza crónica, conductas autodestructivas.
  • Socialmente inhibido.
  • Excesivo apego físico y dependencia de las figuras de apego.
  • Miedo constante a estar solo.

En la niñez media:

  • Somatizaciones frecuentes.
  • Baja autoestima.
  • Cambios en la rutina escolar y disminución del rendimiento.
  • Estados de ánimo alterado y variable.
  • Disminución de las relaciones sociales.
  • Excesiva preocupación por el entorno y tristeza crónica.

El miedo que persiste en cantidad e intensidad en el tiempo, debe ser atendido por profesionales, que tanto intervengan con el niño, como ayuden asesorando y dando pautas a las familias para acompañar a los pequeños en el afrontamiento.

Carolina Pérez Ruiz

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