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¿Tanto preocuparte no te deja ocuparte?

¿Te preocupa quedarte en blanco a la hora de exponer tus ideas con los directores de la firma? ¿Crees que si no argumentas correctamente prescindirán de ti? ¿Ya te imaginas buscando otro trabajo? ¿Estás seguro que en el próximo te pagarán menos? 

Claro que, aunque no lo hayas previsto, también puede pasar otra cosa: algo BUENO.

Es correcto mencionar que niveles moderados de preocupación y ansiedad son inevitables y constituyen un aspecto esperable en la vida de las personas. La preocupación es una cualidad asociada a la prevención y a la búsqueda de soluciones positivas. El problema surge cuando esa preocupación se hace crónica y se reitera sin procurarnos una solución positiva; cuando se vuelve incontrolable, se convierte en ruido mental y resulta impermeable a cualquier razonamiento.

Todos los excesos son malos y el exceso de preocupación en el trabajo no es una excepción.

El mundo laboral está repleto de incertidumbres que parecen favorecer la aparición de la preocupación crónica, cuya intensidad, duración y frecuencia son desproporcionadas a la posibilidad de ocurrencia o eventual impacto del hecho tan temido. Lo hemos visto claro en el bucle que recreábamos en la introducción. El punto es que, una vez en ese estado, todo resulta difícil de controlar porque la preocupación resulta invasiva y agotadora.

¿Quién puede pensar con claridad, argumentar con lógica, ser creativo, productivo o buen comunicador en momentos en los que su mente está elucubrando sobre las mil maneras en las que pueden ocurrir distintas catástrofes? Catástrofes que, por otra parte, tienen un alto porcentaje de improbabilidad.

La preocupación crónica anula todos los recursos y capacidades. 

Es el estado psíquico bajo el cual las personas bloquean toda su potencialidad mental y de pensamiento. En efecto, hasta el más erudito puede parecer un verdadero inepto cuando se ve invadido de preocupaciones y entra en pánico. Claro que la preocupación crónica y la ansiedad no son los únicos estados emocionales intrusivos y paralizantes con los que nos enfrentamos en la vida profesional. En todas las situaciones hay una incidencia emocional determinante para el éxito o el fracaso en el desempeño laboral y personal.

Tal vez por ello, es posible coincidir con la conclusión de numerosos investigadores: “La inteligencia representa solamente el 20% de los factores que determinan el éxito, mientras que el 80% restante depende de otros varios factores, entre los cuales está la llamada Inteligencia Emocional”.

El conocimiento técnico define qué trabajo puede hacer. La Inteligencia Emocional define cómo lo hará. 

Porque cualquiera de nosotros puede tener todos los argumentos minuciosamente aprendidos y justificados, las alternativas evaluadas y los tiempos perfectamente calculados. Sin embargo, sabemos que todo se desmorona cuando la actitud domina a la aptitud.

Aquí surge el interrogante: ¿qué pasaría si pudiéramos regular el pánico escénico que se repite en cada reunión; o controlar esos ruidos mentales que lo único que hacen es dispersar nuestra atención de lo importante; o mantener la visión clara aún en medio de un conflicto; o evitar la frustración cuando los proyectos no salen según la previsión?

Este es el momento en el que la Inteligencia Emocional cobra especial relevancia.

Por un lado, porque nos permite acceder a un estado de autoconciencia a través del cual podemos reconocer nuestros estados internos, recursos e intuiciones. Por otro lado, nos invita a desarrollar la automotivación y autorregulación, para aprender a trabajar bajo presión; para neutralizar los síntomas del estrés y confiar en nuestros propios recursos, y para superar adversidades y mantener el enfoque en el objetivo.

Si logramos aprender a gestionarnos emocionalmente, entendiendo que todos los procesos laborales necesitan de nuestra congruencia lógica y emocional, también se hará más fácil la relación con equipo de trabajo, con los pares y con todas las personas que integren nuestros diferentes entornos.

Conocer nuestra emocionalidad, nos permitirá desarrollar la empatía para reconocer las emociones en los otros; para desarrollar la capacidad de escuchar y para colaborar en la búsqueda de motivaciones conjuntas. En paralelo, nos proveerá una serie de habilidades sociales útiles para persuadir e influenciar positivamente a otros; para buscar una respuesta creativa ante los conflictos; para negociar, liderar, cooperar, dirigir y promover cambios.

“No es la genética lo que prefija nuestro nivel de IE. No es innata (…). Se puede aprender y continua desarrollándose a medida que avanzamos en la vida y aprendemos de la propia experiencia”. Fragmento de “Cómo sobrevivir al cambio: IE y Social en la Empresa”. Ma Claudia Londoño.

Si quieres tener más información sobre cómo formarte en estas habilidades, pincha aquí.

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